domingo, 24 de febrero de 2013

Entrevista a Joseph Fontana (Resumen) 1 Bach

Es uno de los mosqueteros indiscutibles de nuestra academia, por su virtuosismo como maestro de historiadores y por su beligerancia. Tal vez también por su imprudencia. Y es que Josep Fontana (Barcelona, 1931), empujado por su curiosidad impenitente, se ha saltado la regla de oro del oficio que mantiene a los historiadores alejados de los análisis de actualidad, no digamos ya de los vislumbres de futuro. En su nuevo libro, El futuro es un país extraño (Pasado & Presente, 2013), aplica la cirugía de urgencias que la desoladora situación actual, a su juicio, merece. Es el libro que a su autor se le impuso al concluir el anterior, Por el bien del imperio (Pasado & Presente, 2011), una historia del mundo desde 1945 sin happy end. Y de la preocupación por la hondura de la crisis económica pero aún más por la inédita catástrofe social que recortes y liquidaciones estarían provocando nació un nuevo libro en que la desigualdad amenaza en cada página.

Pregunta.- "El futuro es un país extraño que habrá que descubrir y conquistar", escribe. ¿Su libro se impone la primera tarea?
Respuesta.- No, no me propongo descubrir el futuro. Lo que digo es que la vieja tradición, heredada del pensamiento ilustrado y de la experiencia del crecimiento de la industrialización, de que las grandes líneas del futuro estaban escritas, que la historia tenía un rumbo marcado y que, de una u otra manera, las próximas generaciones vivirían mejor, ha comenzado a fallar. Lo que me interesa, sobre todo, es que se entienda que los avances conseguidos en el terreno de los derechos sociales no surgieron de alguna regla inmutable de la historia, sino que fueron el resultado de unas luchas sociales que arrojaron resultados positivos -en los países avanzados por lo menos- hasta la década de los años setenta del siglo pasado, y que han comenzado a experimentar retrocesos desde entonces.

P.- ¿Y quienes serán los conquistadores?
R.- Lo que está claro es que son en especial los jóvenes, a los que hemos dejado una herencia tan desesperanzadora, los que tienen que fijar los nuevos rumbos y ganar las batallas que corresponda dar para conseguirlos.

P.- Pero, ¿no fue siempre el futuro un país extraño? Esto es, ¿cómo podría haber imaginado un español en 1939 o un alemán en 1945 el progreso que les esperaba? ¿Qué ha cambiado ahora?
R.- La gran diferencia era que mi generación creía conocer las líneas del futuro. En los años cuarenta y cincuenta, en mi adolescencia y juventud, vivíamos en España en una situación que no nos gustaba; pero teníamos esperanzas razonables de que esta iba a ser una etapa temporal y que acabarían triunfando los valores de la democracia y del progreso. Y eso sucedía en todas partes. Déjeme que le muestre cómo explica esta misma experiencia un norteamericano como Chris Hedges: “El tan celebrado sueño americano, la idea de que la vida mejoraría, que el progreso es inevitable si seguimos las reglas y trabajamos duro, que la prosperidad material está asegurada, ha sido reemplazada por una verdad dura y amarga. El sueño americano, lo sabemos ahora, es una mentira”. Leí estas palabras cuando mi libro estaba ya en la imprenta y me impresionó ver hasta qué punto coincidía con la imagen de la evolución de la sociedad norteamericana que había construido con una observación cotidiana de los hechos.

P.- Señala usted una discontinuidad manifiesta en nuestro presente económico, una suerte de guerra de las élites en la que estas van ganando la partida, acumulando beneficios y restringiendo derechos sociales. ¿Es así?
R.- Que el reparto de los ingresos está evolucionando en el sentido de una disparidad cada vez mayor entre el 1 por ciento de los más ricos -yo hablaría tan sólo de riqueza, lo cual no me parece que equivalga a calificar a sus poseedores de “élites”- y el 99 % de los demás, desde mediados de los años setenta, y que esta divergencia no ha hecho más que reforzarse a partir de la crisis de 2008 es una realidad universalmente reconocida. La denuncia de que esta desigualdad se ha convertido en un peligro la han hecho premios Nobel de Economía como Stiglitz y Krugman, y la sostenía The Economist el mes de octubre pasado. Si consulta usted el Global Risk 2013 del World Economic Forum, que no es precisamente una organización anticapitalista, verá que al identificar los cinco mayores riesgos señala que el primero y más probable es una “severa disparidad de ingresos”.

P.- Según afirma, libertades políticas y mejoras económicas fueron arrancadas a los grupos dominantes por revueltas y revoluciones. Pero las hogueras recientes de movimientos como el 15-M u Ocuppy Wall Street no duraron mucho y hoy parecen apagadas. ¿Dónde están los revolucionarios?
R.- No he creído nunca que los privilegios, políticos y económicos, se hayan conseguido tan sólo como fruto de revueltas y revoluciones, sino, sobre todo, por el miedo a que se produjeran revueltas y revoluciones, que es algo muy distinto. Que el miedo al comunismo, mientras este pareció ser una amenaza creíble, contribuyó a que triunfase el programa de progreso de la socialdemocracia que nos llevó al estado de bienestar, parece innegable. Y en cuanto a la entidad de las resistencias y protestas actuales a que usted se refiere, he dedicado un apartado del libro (pp. 140-149) a explicar las razones de su escasa entidad. No sólo he estudiado paso a paso la evolución de “Occupy”, sino que lo sigo todavía. En el último boletín de Interoccupy News, el de la semana del 13 al 19 de febrero, hay, por ejemplo, una nota que dice: “Toma la calle /15 M de España piden ideas para una actuación del día global de[l primero de] mayo de 2013. Escriba sus sugerencias aquí”. No creo que esta sea una amenaza revolucionaria que pueda preocupar a nuestros dirigentes.

P.- Y sin embargo, investigadores americanos como Steven Pinker describen la actual sociedad capitalista como la más pacífica y próspera que nuestra especie ha conocido. ¿No podría ser esta crisis como las anteriores, un alto en el camino para tomar aire?
R.- Tengo el mayor de los respetos por Steven Pinker como psicólogo cognitivo, pero no me parece que tenga calificaciones válidas como científico social. Y otros investigadores sociales que sí las tienen, como Stiglitz o Krugman, están avisando, por el contrario, acerca de la necesidad de cambiar el rumbo por el que andamos. Yo diría que lo único que hemos de dar por seguro es que hay muy pocas cosas seguras. Un trabajo de Robert J. Gordon publicado en agosto de 2012 por el National Bureau of Economic Research se pregunta si hay que dar por concluido el crecimiento económico de los Estados Unidos y pone en duda que el crecimiento sea un proceso continuo que deba persistir por siempre. Y, si quiere otro aviso que viene de observadores serios y respetables, un artículo publicado en noviembre pasado en el Bulletin of the Atomic Scientists nos avisa de que, superado el riesgo atómico que nos amenazaba durante la guerra fría, hay un nuevo Armagedón ante el que hemos de tomar precauciones con urgencia, ya que es posible que tengamos poco tiempo “para prevenir catástrofes tales como pandemias, un cambio climático desencadenado y los ciberataques a nuestras redes de energía”. Es evidente que estamos en un alto en el camino, pero lo que nos conviene no es tan solo tomar aire, sino mirar con atención hacia adelante.

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